miércoles, 19 de septiembre de 2007
A Rumimumi, Cristina Armunia Berges
Rima XII, Porque son, niña, tus ojos..., Gustavo Adolfo Bécquer
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verdes son las pupilas
de las hurís del Profeta.
El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera.
Entre sus siete colores
brillante el Iris lo ostenta.
Las esmeraldas son verdes,
verde el color del que espera,
y las ondas del océano,
y el laurel de los poetas.
Es tu mejilla temprana
rosa de escarcha cubierta,
en que el carmín de los pétalos
se ve a través de las perlas.
Y sin embargo,
sé que te quejas,
porque tus ojos
crees que la afean.
Pues no lo creas.
Que parecen sus pupilas
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro
que al soplo del aire tiemblan.
Es tu boca de rubíes
purpúrea granada abierta,
que en el estío convida
a apagar la sed en ella.
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean.
Pues no lo creas.
Que parecen, si enojada
tus pupilas centellean,
las olas del mar que rompen
en las cantábricas peñas.
Es tu frente que corona
crespo el oro en ancha trenza,
nevada cumbre en que el día
su postrera luz refleja.
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean.
Pues no lo creas.
Que entre las rubias pestañas,
junto a las sienes, semejan
broches de esmeralda y oro
que un blanco armiño sujetan.
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
quizás si negros o azules
se tornasen, lo sintieras.
Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo; Miguel Hernández.
Fragmento de "Crimen y castigo", Fiodor Dostoyevski
No es precisamente eso -comenzó con sencillez y modestia-. Aunque he de confesar, por lo demás, que ha reproducido usted aproximadamente mi pensamiento; y si usted quiere diría que con bastante exactitud... -Pronunció estas palabras con cierto placer-. Pero no he dicho, como usted me atribuye, que las personas extraordinarias están autoriazadas para cometer toda clase de actos criminales. Creo que la censura no habría dejado publicar un artículo concebido en tal sentido. He aquí todo lo que buenamente expuse: el hombre extraordinario tiene derecho, no oficialmente, sino por si mismo, a autorizar a su conciencia a franquear ciertos obstáculos, en el caso de exigirlo así la realidad de su idea, que en ocasiones puede ser útil a todo el género humano. Usted pretende que mi artículo no está claro, y voy a intentar explicárselo; tal vez no me equivoque al suponer que tal es su deseo. A mi manera de ver, si los inventos de Kleper y de Newton, a consecu
encia de determinadas circunstancias, no hubieran podido llegar a conocerse más que por el sacrificio de una, de diez, de ciento o de un número mayor de vidas que hubiesen constituido un obstáculo para esos descubrimientos, Newton habría tenido derecho, más aún, habría estado obligado a "suprimir" a esos diez o a esos cien hombres para que sus descubrimientos llegaran al conocimiento del mundo entero. Esto, por otra parte, no quiere decir que Newton tuviera el derecho de asesinar a cualquier persona por su capricho o a robar como le pareciera. En otro lugar de mi artículo insisto, lo recuerdo perfectamente, sobre la idea de que todos los legisladores y los conductores de la Humanidad, empezando por los más antiguos para continuar con Licurgo, Solón, Mahoma, Napoleón, etcétera, que todos, sin excepción, han sido unos criminales, ya que al dar leyes nuevas violaron por ello mismo las antiguas, observadas fielmente por la sociedad y transmitidas por los antepasados; seguramente que tampoco retrocedían ante la efusión de sangre apenas comprendían que ésta podía serles útil. Es de notar igualmente que casi todos estos bienhechores y estos conductores de la especie humana fueron terriblemente sanguinarios. Por consiguiente, no sólo todos los grandes hombres, sino todos aquellos que se elevan, aunque sea poco, por encima del nivel ordinario, que son capaces de decir algo nuevo, deben ser, en virtud de su propia naturaleza, unos criminales necesariamente, más o menos, se entiende. De otra manera, les sería difícil salir del montón; en cuanto a quedar confundidos en él, no pueden consentir en ello y a mi entender, su mismo deber se lo prohibe. Ya ven ustedes, en una palabra, que hasta aquí no hay nada de particularmente nuevo en mi artículo. Eso se ha dicho y se ha impreso millares de veces. En cuanto a mi división de las personas en ordinarias y extraordinarias, reconozco que es un poco arbitraria, pero dejo a un lado la cuestión de cifras, que las considero de poca importancia. Únicamente creo que, en el fondo, mi pensamiento es justo. Viene a decir que la naturaleza divide a los hombres en dos categorías: una inferior, la de los hombres ordinarios, especie de materiales cuya única misión es la de reproducir unos seres semejantes a ellos; y la otra superios, que comprende a los hombres que tienen el don o el talento de hacer oír en su medio una palabra nueva. Las subdivisiones, naturalmente, son innumerables, pero las dos categorias ofrecen rasgos diferentes bastante marcados. A la primera pertenecen en general los conservadores, los hombres de orden que viven en la obediencia y la aman. En mi concepto, están incluso obligados a obedecer, porque ése es su destino y porque la obediencia no tiene nada de humillante para ellos. El segundo grupo se compone exclusivamente de hombres que violan la ley o tienden, según sus medios, a violarla. Sus crímenes son, naturalmente, relativos y de una gravedad variable. La mayoría reclaman la destrucción de lo que existe en nombre de lo que debe existir. Mas, si por su idea, tienen que derramar sangre y pasan por encima de los cadáveres, pueden en conciencia hacer lo uno y lo otro "en interés de su idea", fijémonos en esto. En este sentido es como mi artículo les reconocía el derecho al crimen. Ya recordarán ustedes que nuestro punto de partida ha sidouna cuestión jurídica. Por otra parte, no hay razón para inquietarse demasiado, pues la masa no les concede casi nunca este derecho, ya que ella los decapita, los ahorca y de ese modo cumple justamente su misión conservadora, hasta el día, bien es verdad, en que esa masa erija estatuas a los ajusticiados y los venere. El primer grupo es siempre dueño del presente; el segundo, del porvenir. El uno conserva el mundo y multiplica los habitantes de él, el segundo mueve al mundo y lo conduce al objetivo. Estos y aquellos tienen absolutamente el mismo derecho a la existencia y... ¡viva la guerra eterna!, hasta la nueva Jerusalén, se entiende.
viernes, 7 de septiembre de 2007
Continuidad de los parques, Julio Cortázar
Impresionante relato de Julio Cortázar:
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Las canciones del verano
miércoles, 5 de septiembre de 2007
Sé lo que hicisteis
Miki Nadal se encarga de buscar los vídeos más graciosos que se encuentran en la popular página youtube, de ella depende en gran medida el sueldo del colaborador.
Pilar Rubio ejerce el papel de reportera, y lo que más le gusta es sacarle los colores a los famosos.
Aunque el gran peso del programa corre a cargo de "los chicos de la cueva", com
o cariñosamente llaman a sus redactores.
El programa se encarga de hacer un crítica mordaz a los ya manidos programas del corazón. Se ríen abiertamente de todo tipo de personalidades, se mofan de sus irrelevantes noticias y sacan a la luz los defectos de todo el mundo; incluso los de ellos mismo.
En algunos canales gusta; en otros, estos cuatro presentadores son odiados. Lo que si está claro, es que en la Sexta hay muy buen rollito y programación distinta a la de la repetitiva competencia: información, series, lo mejor de los dibujos no sólo para niños, deportes y caras nuevas.
Cristina Armunia Berges
lunes, 21 de mayo de 2007
Ficciones, Jorge Luís Borges
viernes, 18 de mayo de 2007
Microrelato, Augusto Monterroso

Amelie, (Le Fabuleux destin d'Amelie Poulain) Jean-Pierre Jeunet
Amélie tiene un gran objetivo en la vida: intentar hacer más feliz la existencia de los demás. Para ello inventa toda clase de estrategias que le permitan intervenir, sin que se den cuenta, en las vidas de las personas que la rodean. Entre ellas está su portera, una infeliz que se pasa los días bebiendo vino de Oporto; Georgette la estanquera, una hipocondríaca sin remedio; o "el hombre de cristal", un vecino enfermo que no puede salir de su casa y que se pasa los días reproduciendo el mismo cuadro de Renoir.
Pero la vida de Amélie se ve trastocada con la llegada de un muchacho extraño y peculiar: Nino Quincampoix. Nino trabaja de fantasma en el túnel del terror y en un sex-shop, y en sus ratos libres colecciona las fotos abandonadas en los fotomatones para buscar luego a las personas que aparecen en ellas.
Cuando se crucen, las vidas del extraño Nino y la enigmática Amélie darán un giro que ninguno de los dos puede imaginar...
Música de Yann Tiersen.
Trailer:
